martes, 23 de septiembre de 2008

ANECDOTAS LFC - LIBRO LA MANERA CORRECTA DE GRITAR

Algunas anecdotas del Libro de Daniel Flores, gracias por su aporte.


La primera vez que ví a un rudeboy, o un tipo con as­pecto de rudeboy, porque donde estaba no podía serlo real­mente, fue en Europa, a principios de los ochenta. Tendría 16 años y vivía más o menos desde los 10 en Frankfurt, donde mi viejo era cónsul general. Con el colegio, nos lle­varon a esquiar a un pueblito en Suiza. Y una noche, con mis compañeros, fuimos a un bar donde de pronto empe­zaron a pasar una tanda de música que no conocía. Pero cuando un tipo empilchado con sombrero, traje, pantalón un poco corto, medias blancas, salió a bailar como loco, quedé alucinado. Le pregunté al DJ por esa música y me dijo que era ska.

Ignacio Pardo Argerich alias Naco Goldfinger

Nací en 1964; crecí en los 70 y los 80 me agarraroncon el pelo largo y mucho rock setentoso consumido. Y de repente se vino toda la new wave y pensé “¡Guau, qué bueno! ¡Se cortaron el pelo! ¡Se pusieron una corbata finita y una camisa roja!” y agradecí que la canción volviera a mutar para un lado más despojado. Tal vez fue el punk rock... Me acuerdo de un amigo DJ, de Mar del Plata, que me mostró un disco y me dejó perplejo: “Never Mind the Bollocks”, de los Sex Pistols. Eso sí que me creó la necesidad de buscar más. Claro que todos escuchábamos lo más popular de esa época, lo que nos llegó más rápido: el reggae blanco y pop de The Police. Entonces uno de ellos salía en un video con una remera de The Beat y te preguntabas qué era eso y así pasabas de una cosa a la otra. Y enseguida, por 1983, cayó en mis manos el primer disco de The Selecter. No me acuerdo si lo compré en una galería de la calle Corrientes, cerca del Obelisco, pero creo que después de mirar un vinilo de Nick Lowe apareció esta tapa con el tipo rajeado, sufriendo... Yo estaba terminando el secundario, los Cadillacs no existían ni remotamente y tenía procesado cierto sonido de reggae por Marley y Police, pero cuando escuché Selecter dije “¡Esto quiero yo!”. Es gracioso cómo uno entiende un nuevo sonido: en ese momento, por ejemplo, mi interpretación naive fue que el ska era reggae en 45 revoluciones...

Flavio Cianciarullo


Después de vivir y hacer parte del secundario en Alemania volví a la Argentina y, como me faltaban un par de materias, porque siempre fui un desastre con el estudio, entré en el colegio San Isidro Labrador. ¡Justo el mismo día que echaban a un tal Luciano Giugno! Apenas un recreo nos alcanzó para hablar de música y hacernos amigos.Me comentó que tenía un grupo. Como siempre, Luciano exageró y me dijo que hacían rockabilly. Después supe que, por otro lado, a los demás de la banda, Gaby, Aníbal y Flavio, también les había vendido que yo era rockabilly. Nada que ver: en realidad escuchaba mucho unos discos de Ian Dury y Dexy’s Midnight Runners que había traído de Europa. En realidad, Luciano había dicho que la banda era rockabilly porque le gustaba el aspecto, más que nada, y quería que todos sus amigos fueran rockers. Pero la verdad es que Flavio, Gaby y los demás ni en pedo eran rockabilly. En todo caso, al comienzo, hacían algo de rock con onda años cincuenta y también algo de a go-go. La cuestión es que nos juntó para salir una noche. Fuimos a un boliche que se llamaba Metro, en el centro, y ahí empezamos a intercambiar música.Enseguida, mi hermana me trajo de Londres “One Step Beyond”, de Madness. Y adentro del sobre encontré un formulario de inscripción para el club de fans de la banda. Lo completé y lo mandé pensando que no me iban a contestar nunca, pero a las pocas semanas me llegó un paquete con tres discos de Madness y varios prendedores. Ya estaba totalmente enganchado. El próximo paso fue encargarle a mi viejo, en un viaje, unos zapatos que se veían en la tapa de “One Step Beyond”: los Creepers orginales. Así empezamos a meternos con este grupo de amigos en el 2-Tone: Madness, Specials, English Beat. Y, a pedido nuestro, disquerías como El Agujerito comenzaron a atraer algunos de esos discos.

Naco Goldfinger

Seguía a Los Twist y los tomaba en serio, cuando todo el mundo los tomaba en joda. Si alguna vez hasta le dije a Daniel Melingo, con mucho respeto: “Ni ustedes se tomaban en serio a Los Twist; ustedes se tomaban en serio a Charly García”. Pero yo iba a verlos y me gustaba su imagen, su Fender Jaguar; era “la” banda new wave. También era importante ver a Sumo y a la Hurlingham Reggae Band. Todavía recuerdo escuchar a Sumo abrir con “Peace and Love” en La Esquina del Sol. Nunca volví a sentir esa cosa negra, densa, en otra banda de acá en vivo. El pelado obviamente había estado donde tenía que estar.

Flavio Cianciarullo

Yo era fanático de Sumo. Nunca volví a ver un grupo argentino que me pusiera la piel de gallina como esa base de reggae, ese humo... Luca sabía de qué iba. Lógico: cuando vivía en Inglaterra, mientras acá recibíamos un disco por mes, él veía bandas todas las noches. Una vez en La Esquina del Sol, antes de tocar, estábamos los Cadillacs con Luca enviciando un poco el asunto. Y cayó la cana. Se llevaron a Luciano por un lado, a Flavio y Gaby por otro, y a mí me metieron en un calabozo oscuro con Luca. Ni nos veíamos las caras, pero hablamos muchísimo de música, de los mods, de la movida en Londres; hicimos muy buena onda. Pero otra vez, estábamos tocando en la Feria de las Naciones y apareció Luca totalmente puesto. Quiso subir al escenario y un plomo nuestro lo paró. Luca lo empujó y yo terminé saltando por el plomo. Cuando bajé al camarín, el pelado estaba a las puteadas. Me encaró y me tiró algo así como “¡vos no sos ningún rude boy!”. Agarré un chop de cerveza y... se lo partí en la cabeza. Una semana después murió y me dolió mucho porque no era la forma en que quería terminar con Luca Prodan. Si hoy todavía escucho “White Trash” y me emociono...

Naco Goldfinger

Frente a todo: elegante y marginal. Con Luciano Jr y Naco, personajes esenciales, vivimos juntos toda esa revolución interna. Nos sentíamos muy cerca del punk y escuchábamos The Clash y The Jam, pero teníamos otra actitud: decíamos “sí, el mundo es una mierda, pero vamos a vestirnos bien y a salir”. De hecho me acuerdo, por ejemplo, que estuvimos los tres, de traje, entre medio de los pocos punks en el debut de Todos Tus Muertos. Al fin y al cabo éramos chicos de clase media con un buen pasar, sin lujos ni privaciones; sería falso no admitirlo. Pero estábamos desorientados, sin saber qué hacer de la vida.

Flavio Cianciarullo

Enseguida nos identificamos con los rude boys. Escuchábamos ska todo el día, estábamos en la calle, nos peleábamos. Eramos más que nada un grupo de amigos al que le gustaba salir a patear tachos. Caíamos en los boliches con los discos de ska bajo el brazo. ¡Nunca ganábamos nada! Imaginate: en esa época empezaba la onda Siouxie and the Banshees, Echo and the Bunnymen, bien dark. ¡Las minas nos miraban como a unos marcianos!Fire era uno de esos lugares adonde llevábamos los vinilos. Los DJ, el Chaqueño y Carlos Alfonsín, nos ponían dos o tres temas y nosotros bailábamos. Antes pasábamos por la Llao Llao, frente a la estación de Belgrano, a empinarnos con cerveza o moscato y vino blanco. Y después caminábamos hasta Fire y terminábamos a las 5, 6 de la mañana. ¿Si alguna vez llegábamos a un boliche y encontrábamos otra gente con la misma onda? Jamás. No había otros rude boys. Había tipos con mucha onda, sí, como Los Casanovas, pero que eran rockabilly. Con ellos en Inglaterra nos hubiéramos matado, pero acá nos hicimos buenos amigos. Al fin y al cabo, éramos muy pocos como para pelearnos.

Naco Goldfinger

Fire, en una esquina frente a la cancha de River, funcionó entre 1985 y 1988, más o menos; no recuerdo bien las fechas. Ahí iban los Cadillacs, antes de grabar; Los Casa­novas... Así que, aunque era un lugar más bien new wave y medio dark y aunque no soy fanático del ska, pasaba una tanda de cinco o seis temas de Madness y Bad Manners, y también algo de rockabilly, porque veía grupitos de pibes de esas tendencias y porque me lo pedían.

La cabina de DJ daba a la calle. Y recuerdo ver, des­de ahí, a los Cadillacs llegar una noche en un Volkswa­gen escarabajo descapotable, todos con sus sombreros... ¡Unos personajes! En Fire, que era del dueño de la revis­ta 13/20, sentí que se estaban gestando varias movidas. Ahí tocaron, por ejemplo, Sumo y también Soda. Por la ubicación, era un boliche con público de clase media para arriba, del Centro, de Belgrano, de Devoto... No venía gente de otro lado. Me acuerdo, de hecho, que había muchos chicos del Liceo Francés, que escuchaban The Cure, Bauhaus, pero también venían Charly García, Daniel Melingo, Luca, Divina Gloria...

Después trabajé en Punta del Este y me fui a Brasil. Pero volví a Buenos Aires y me propusieron laburar en una disco nueva, sobre Libertador: Freedom. Freedom fue más dark todavía y ahí ya no puse nada de ska, pe­ro los rude boy venían igual. Si me copaba ponía dos o tres reggaes, pero más que nada para los amigos. Por ahí andaba Guillermo Bonetto y el Bahiano trabajó un tiempo como relaciones públicas. Y los Cadillacs lle­garon a tocar aunque no recuerdo nada del show, salvo que el manager era Poppy Manzanedo.

Investigaba mucho. Algunos discos los compraba yo (a veces al Ruso Verea, que en ese tiempo se dedi­caba a vender vinilos), otros me los traían pibes meló­manos. Y eventualmente, en 1990, abrí mi propia dis­quería, en la galería Churba, de Cabildo y Juramento: Downtown, que tenía todo tipo de música y un sector especial de reggae. Por ahí pasaron todos los personajes del ska que podés llegar a conocer. Cuando la galería cerró, nos mudamos a la calle Ciudad de la Paz, pero en menos de dos años vendí mi parte y me fui a vivir a Costa Rica. Y ahí estoy, hasta ahora, como DJ en un boliche de reggae en Puerto Viejo, en el Caribe.

Miguel Chaqueño Lalli

Con Luciano Jr, la única manera que conocíamos de enganchar minas con onda era ir al bar de la esquina del colegio francés Jean Mermoz, en Belgrano. Ahí encon­trabas unas francesitas con los pelos de colores... Un día llegamos al bar con mi Vespa y ahí estaban Sergio Rotman, que entonces era mod, y Federico Moreno, un amigo suyo que también tenía mucha música. ¡Se ve que hacían lo mismo que nosotros para enganchar minas! Es como que nos miramos y nos reconocimos: Sergio, con una parka; nosotros, con la moto. Sergio habrá dicho “Guau, ¿y estos de dónde salieron?” Y nos saludamos sólo con un “hola, hola”, pero desde enton­ces empezamos a hacer onda. Después supe que Ser­gio tocaba el saxo, así que, como la banda necesitaba un caño, un día lo encaré en la calle y nos invitó a un show de su grupo, Día D, en Vicente López

Naco Goldfinger

En esa época, detectabas a un tipo con una remera de Madness a una cuadra y cruzabas la calle corriendo para ver quién era. De la misma forma, también sabíamos que en alguna situación se hablaba de nosotros, que en ese momento nos considerábamos rude boys a ultranza. Con los primeros Cadillacs ya en la sala de ensayo, un día fuimos con Naco y Luciano, vestidos casi de postal, hasta Vicente López para ver una banda de punk rock que parecía ser filo ska: Día D, integrada por Sergio Rotman, Gigio, Basano, Martín Aloé, Ricciardi; básicamente lo que luego sería Cienfuegos. Hicieron medio set y en el intermedio, según me contó Rotman mucho después, los músicos comentaban en el camarín: “¿Vieron a esos tres chabones?”. El set de Día D era básicamente de punk rock “inteligente”, como diría hoy, con uno o dos ska clasheros, como “Domingo rojo”, que alguna vez quise hacer con los Cadillacs.

Flavio Cianciarullo


Pronto mas anecdotas y una entrevista de como se hizo el libro al autor